Los últimos comentarios de Jindrich Vobořil, un respetado experto en salud pública y políticas de drogas con décadas de experiencia internacional, describe lo que muchos tememos desde hace tiempo sobre la dirección de la agenda de control del tabaco de la OMS. Su relato desde la COP11 en Ginebra expone un proceso que ha perdido de vista la ciencia y la salud pública, reemplazando la evidencia por la ideología.
Vobořil quedó impactado por lo que experimentó: se estaban debatiendo seriamente propuestas para criminalizar a las empresas legales, mientras que países como China (propietaria estatal del mayor monopolio tabacalero del mundo y uno de los principales exportadores de cigarrillos electrónicos, tanto legales como ilegales) se encontraban entre los que pedían tales medidas. La hipocresía es asombrosa. La misma nación que se beneficia de millones de fumadores en su país exige castigos para otros en el extranjero.
Aún más inquietante es lo selectivo que se ha vuelto el proceso de la OMS. Como explica Vobořil, la reducción de daños y las voces de los consumidores fueron excluidas —literalmente bloqueadas—, mientras que ciertas ONG bien financiadas y con estrechos vínculos con importantes redes de donantes pudieron influir en el debate. Muchos de estos grupos están financiados por la red filantrópica de Michael Bloomberg, que ha influido enormemente en el control mundial del tabaco durante años. El resultado es una conversación unilateral que ignora la evidencia y favorece la ideología y la política.
En lugar de debatir cómo los productos de nicotina menos dañinos podrían salvar millones de vidas, los delegados de la OMS se dedicaron a repetir mitos desmentidos hace tiempo, como la "teoría de la puerta de entrada". Mientras tanto, ni siquiera se mencionaron los resultados comprobados de países como Suecia, Nueva Zelanda, el Reino Unido y Japón, donde las tasas de tabaquismo y las enfermedades relacionadas con el tabaco han disminuido drásticamente gracias a la reducción de daños.
Vobořil plantea un punto crucial: prohibir las herramientas que reducen los daños del tabaco no tiene sentido. Pone vidas en peligro, protege antiguos intereses y abre la puerta al mercado negro. El resultado es predecible: la gente sigue fumando, las ventas ilegales aumentan y la confianza en las instituciones sanitarias internacionales se derrumba.
La Organización Mundial de la Salud debería guiarse por la evidencia, no por ideologías ni presiones financieras. En lugar de criminalizar a las empresas o, peor aún, a los consumidores, debería centrarse en salvar vidas mediante la innovación, la investigación y el diálogo abierto. Como dijo Vobořil, lo que está sucediendo ahora corre el riesgo de destruir por completo la confianza pública. Si la OMS se niega a cambiar de rumbo, será responsable de millones de muertes evitables.
Es hora de dejar de fingir que las prohibiciones, la censura y la política a puerta cerrada protegen la salud pública. El futuro del control del tabaco debe construirse sobre la ciencia y la transparencia, no sobre la influencia y la prohibición.