En toda África, las políticas de control del tabaco permanecen prácticamente estancadas. Si bien la ciencia y la tecnología han evolucionado, muchos gobiernos siguen regulando todos los productos de nicotina como si conllevaran el mismo nivel de riesgo que los cigarrillos tradicionales. El resultado es una brecha cada vez mayor entre la evidencia y las políticas, y las consecuencias reales para la salud pública.
Fumar sigue siendo una de las principales causas de muerte prevenible a nivel mundial. El mayor daño no proviene de la nicotina en sí, sino del humo tóxico que produce la combustión del tabaco. En la última década, han surgido alternativas más seguras a la nicotina, como los cigarrillos electrónicos, las bolsitas de nicotina y los productos de tabaco calentado, que ofrecen a los fumadores adultos opciones que no requieren combustión.
Sin embargo, en gran parte de África, estos productos están prohibidos, sometidos a restricciones excesivas o dejados en un limbo regulatorio.
Muchos países aún dependen de marcos definidos principalmente por el Convenio Marco de la OMS para el Control del Tabaco de la Organización Mundial de la Salud, adoptado hace más de 20 años. Si bien el tratado ha desempeñado un papel importante en la reducción de la publicidad del tabaco y la exposición al humo de segunda mano, su implementación en África a menudo no ha evolucionado en consonancia con los avances científicos en materia de reducción de daños.
El costo de esta inercia política es alto. Cuando no hay alternativas más seguras disponibles, inasequibles o poco conocidas, los fumadores son más propensos a seguir usando cigarrillos de combustión, la forma más peligrosa de consumo de nicotina. De hecho, las regulaciones obsoletas pueden proteger involuntariamente a los cigarrillos de la competencia.
Sin embargo, hay señales de progreso.
Kenia ha creado una categoría fiscal para los cigarrillos electrónicos, reconociéndolos como distintos de los productos de tabaco tradicionales. Sudáfrica permite la venta de productos de tabaco para vapear y calentar, y un número creciente de fumadores adultos se están cambiando. Marruecos también ha permitido el acceso regulado a productos alternativos de nicotina. Estos ejemplos demuestran que es posible un enfoque más matizado.
El debate suele plantearse como una disyuntiva entre proteger a los jóvenes y permitir la reducción de daños. Esta es una falsa dicotomía. Una política eficaz puede lograr ambas cosas: aplicar restricciones de edad estrictas, regular la comercialización, garantizar los estándares de los productos y, al mismo tiempo, brindar a los fumadores adultos acceso a opciones menos dañinas.
África se encuentra en una encrucijada demográfica y epidemiológica. Las enfermedades no transmisibles relacionadas con el tabaquismo están en aumento, los sistemas de salud están sobrecargados y una población joven representa tanto riesgos como oportunidades. Al no modernizar las políticas sobre la nicotina, los países corren el riesgo de perpetuar la alta carga del tabaquismo en las generaciones futuras, desaprovechando las herramientas de salud pública que podrían aliviarla.
Con el aumento de las tasas de enfermedades no transmisibles y sistemas de salud sobrecargados, el continente no puede permitirse un estancamiento regulatorio. Un enfoque proporcional al riesgo para la nicotina, que distinga entre productos combustibles y no combustibles, armonizaría las políticas con la ciencia y ofrecería a millones de fumadores una vía realista para abandonar el tabaco.
Quedarse quieto no es neutral. En salud pública, no adaptarse puede significar no salvar vidas.